miércoles, 27 de febrero de 2013

ELLAS

Esas dos, que parecían unas minúsculas piezas en el rompecabezas de mi vida, y míralas ahora. Y es que el destino es tan irónico...


Recuerdo la primera vez que las vi: una con aquellos pantalones naranjas, la otra con los auriculares alrededor del cuello. Empezábamos una nueva vida, rodeadas de personas entre las que queríamos "encajar", dejando muchas cosas atrás. 


No sabría explicar cómo llegamos al punto en el que estamos ahora, pero éramos nosotras, sin tener que demostrarle nada al mundo, sin tener que fingir delante de nadie. Decíamos tonterías a todas horas y cualquier excusa era buena para echarnos mil y una risas. Y es que la vida, a vuestro lado, es muchísimo más divertida. 

Tenemos tantos momentos geniales, que no podría elegir los más importantes y sentirme satisfecha con la elección. Es como siempre hemos dicho: un resumen nunca estará bien hecho, siempre le faltará algo que otra persona sí considerará importante. 

Pero será imposible olvidar la vez que intentamos que “librero hazte Twitter YA" fuese TT; cuando salimos a la calle en pijama un jueves noche después de ver Lo Imposible y llamamos a nuestras madres tras haber llorado toda el agua que un pueblo africano consumiría en un año; todas las clases de francés entre movimientos de pelo y unos cuantos “guiño-guiño”; cuando fuimos gritando a pleno pulmón por Gran Vía: “¡¡Tía, que nos vamos a Gandía Shore!!”; cuando bailamos el Gangnam Style y el Barabara Berebere por la calle; cuando nos enviamos miles de videos ridículos y enfermizos por WhatsApp, aunque más de una frase esté ya demasiado gastada (“O caso, Sara: estás loquísima!!”); cuando Icía nos regaló los peluches del McDonald’s y les llamamos Puppy y Poligonera; cuando quise crearme una familia en los Sims con Niall Horan; cada vez que vamos en el bus escuchando música a todo volumen y/o gritando; ese video en clase versionando canciones de telenovelas; el sufrimiento de espalda por cargar con un dossier al que aún no le he dado uso pero que, repito, está ahí por si me quiero cortar las venas con las tapas; las veces que pervertirmos el ordenador de Sara a base de reggaeton; cuando viajamos en un Vitrasa on fire, y eso que nadie me creía cuando dije que olía a humo; cada vez que decimos que nos vamos a dormir, y volvemos a hablar media hora después; esa vez que fuimos a una manifestación para acabar diciendo: “Creo que he visto a […]. ¡¡Ah, no!! No es…”; todas las veces que fuimos de compras y que sonó la alarma de todas las tiendas; cuando íbamos a Miralles a ritmo de cualquier canción de Nicki Minaj; los mini-infartos que hemos sufrido cada vez que veíamos una falta de ortografía; las mil quinientas treinta y dos mil cuatrocientas ochenta y siete veces que le cambiamos el nombre al grupo (y las que quedan); cuando decidimos nuestra propia formación para ir andando por la calle; la vez que intentamos hacernos amigas del perrito de la señora de la limpieza de Cuvilandia; cuando grité en la facultad: “¡¡Mira un perrito!! ¡¡OH, MI-RA-QUÉ-PE-RRI-TO!!”; todas y cada una de las veces que Icía criticó mi “ontes” y la vez que yo contraataqué diciéndole que dejaría de decirlo si ella abandonaba la gheada; el día de mi cumpleaños, cuando os quedásteis a dormir en mi casa y yo tuve que dormir en el sofá porque vosotras ocupábais mi cama; el despertar de Icía la mañana después al modo suricato; las sorpresas de cumpleaños que casi acaban en incendio; la inocentada que provocó un enfado acompañado de un mini-infarto y todos los perritos que murieron despúes (de los nuestros, claro); cuando empecé a correr detrás de unas palomas en un sitio público gritando: “¡¡KEVIIIIIIIIIIIIIIIN, KEVIIIIIIIIIIIIIIIN!!”; cuando comimos helado de chocolate en “Cani Vía” un frío día de diciembre; días como hoy que nos subimos cinco veces a un bus para satisfacer la revolución de nuestras hormonas; demostrar que aquí cada uno ve lo que le da la gana (“Torto?? Torto es ti!!); ver películas Disney y comportarnos como unas niñas de cinco años (algo que hacemos la mayor parte del tiempo); ¡¡ARDILLA!!; ir hablando tranquilamente y, de repente, escuchar: “¡¡MATT GORDON AL OTRO LADO DE LA CALLE!!”, mirar y que sea un simple cartel publicitario; escuchar cómo le suena el móvil a nuestro profesor de Introducción a la Teoría de la Traducción y la Interpretación (Conguito, Congui, Congri, Congrio...) y pensar que sería más apropiado si fuese el “Ai, si eu te pego”; decidir que rellenaremos una solicitud para que se instalen cinturones de seguridad en los Vitrasa; ver “nevar” por primera vez y que sea en la facultad mientras nos sacamos fotos como posesas al tiempo que Sara dice: “No os vais a reír tanto cuando la nieve se convierta en hielo y esto patine…”; recibir una linternita de minero para poder leer de noche (GRACIAS!!); perder un par de carpetas, buscarlas por toda la FFT y que aparezcan en la cafetería; verme obligada a hacer el bailecito de Ráfaga en un bus rumbo Ferrol porque sino Icía no era feliz aquel día; protagonizar varios escándalos públicos mientras unos cuantos individuos nos observan al final de las escaleras de la facultad; llamar para ver un par de pisos y que no nos tomen en serio; demostrarnos nuestro amor incodicional, eterno e irremplazable por WhatsApp... 

Y todo esto en seis meses, viviendo cada una en su piso. Yo no me quiero imaginar la aventura que nos espera el año que viene. Pero, chicas, estoy segura de que si estamos juntas, será la mejor de todas. 

Os quiero mucho, mucho, mucho. Mi suricato, mi ardilla, ¡¡sois las mejores!!

Y con esto y un bizcocho, hasta mañana a las ocho.

Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.

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