Esta noche soñé contigo, y era perfecto. Mas no sabría describirte, por mucho que me interrogaran. En mi mente se solapan los cabellos rubios con los ojos azules, es un problema que siempre he tenido. Sin embargo, hay algo que sí tengo claro: la manera que tenías de sonreír. Era una mueca en la que me ensañabas todos los dientes, blancos, alineados, perfectos. Hacía que los incoloros ojos te brillasen como brillan las partículas de polvo que ahora veo flotar en la habitación. Pero no era lo que esa sonrisa infundía en ti, sino lo que provocaba en mí. Nunca, jamás, había sentido tanta paz en mi alma, era como si Dios bajase en aquel momento y me dijera: “sí, es Él, no lo dudes”. Veía en ti lo que había estado buscando durante tantísimo tiempo. Veía un letrero en el que alguien se ofrecía a curar las heridas de guerra que otros habían dejado. Veía un cariño que ni el más romántico de los hombres sentiría jamás. Era un sentimiento mágico, algo que me hacía “temblar de calor y arder de frío”. De hecho, al despertarme, tenía mil suspiros en el alma y mariposas en el estómago. Habían llegado allí a través de Morfeo, no podían haber estado en esta vida sin que yo no las hubiese encontrado antes. No, era imposible. Como siempre, tú has sido, simple y llanamente, un producto de mi mente, una mala pasada de mi intelecto.
Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.