miércoles, 1 de mayo de 2013

Amor, ¿en qué parte del globo terráqueo estás? No me importaría ir a buscarte si me dieras una pista, una sincera ayuda que robase cuantos enigmas hay en el techo. Mas no lo haces. Tú te quedas callado, a la espera de dejarte encontrar. Es un acto de holgazanería y cobardía, un hecho que constata lo imbécil que eres. Pero toda esa imbecilidad se ahoga en los sentimientos que consigues arrancar de los ojos, de la boca, de las manos. Cómo será posible que algo tan pequeño consiga hacer de mí maravillas, tener la posibilidad de infundirme un sentimiento de nobleza y valentía que jamás, en las pocas experiencias vividas, he sentido. Es porque nadie te ha conocido jamás. Y los que lo han hecho, son tan silenciosos que no lo gritan a los cuatro vientos, que no lo pintan en los puentes, que no lo escriben en los libros, que no lo encierran en una botella lanzada a la inmensidad del océano. Todos ellos se lo callan, lo susurran en la noche de los gemidos más placenteros, lo sueñan de la mano de Ofelia, lo piensan en el Mundo de las Ideas. Pero cómo me gustaría ser uno de ellos… No eres capaz de entender lo que alguien como yo daría por tenerlo un instante, abandonar toda la pantomima, la parafernalia que rige esta sociedad inmersa en su propio ego, dejar que me arrastre y me consuma como a Orfeo. Sin embargo, he oído, en lo más profundo de mi mente, como un recuerdo vago de mis otras vidas, un reflejo de lo que en algún momento, llegados a este punto, otros me habían dicho, que “lo bueno se hace esperar”. No quisiera contradecirles. Homero, Petrarca, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Kafka… ¿Quién soy yo para constatar o negar lo que otros, mucho antes que yo, mucho más inteligentes que yo, han aprobado sin rechistar? Sin embargo, sí hay algo que aún perturba mi mente y nubla mi estado de ánimo, una duda que ninguno de ellos ha tenido la gentileza de disipar. Quisiera tener el honor de viajar junto a Virgilio por los Infiernos y decirle, entre la risa enamorada de Beatriz y el corazón encogido de Dante: “¿Cuánto se hacen esperar las cosas buenas, mi querido maestro?” Mas, en el mismo momento en el que doy forma a la pregunta en mis labios, sé con antelación la respuesta: “El tiempo que sea necesario, mi querida aprendiz”.

Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.

jueves, 25 de abril de 2013

This is the start of something beautiful. This is the start of something new.

Esto es por todas las veces que entrecierras los ojos. Por cada vez que te dejas crecer el pelo. Por las camisetas que tiras al suelo. Por los gritos de rabia y felicidad. Por las lágrimas que no he podido evitarte. Por hacerme sonreír con cada mirada. Por ilusionarme una y otra vez. Por hacerme soñar de nuevo. Por las maletas que te he visto cargar. Por cada vez que te lavas los dientes y yo quiero estar a tu lado. Por las marcas de tu espalda. Por el lunar que tienes en la sien. Por esa sonrisa torcida. Por cada vez que te muerdes las uñas. Por la curva del cartílago de tus orejas. Por cada vez que sudas. Por cada vez que deshaces la cama y duermes destapado. Por cada vez que te afeitas y te cortas. Por las veces que he deseado tenerte aquí. Por ese bañador negro y la costilla que siempre se te nota. Por el último libro que te leíste y la última canción que has escuchado. Por ese coche rojo. Por esos 88 quilos que se levantan a abrirme la puerta. Por todo el tiempo en el que no me había fijado en ti. Por las dos cabezas de altura que me sacas. Por la última vez que tuviste cita en el médico. Por la persiana que has dejado levantada. Por todas las veces que no bajas la tapa o no apagas la luz. Por cuando echas en falta el consuelo de quien se acuesta en el lado izquierdo de tu cama. Por las veces que has roto un plato. Por tantas veces en las que no has dicho mi nombre. Por otras tantas en las que yo he dicho el tuyo. Por el botellín de agua que hay en la mesita. Por la borrachera del verano de los 15. Por las cervezas del primer mundial que ganamos. Por soportar tus ronquidos. Por cada vez que te dejas el grifo abierto. Por cada vez que miras al cielo y suspiras. Por las pesadillas que te despiertan. Por cada vez que en sueños te abrazas a la almohada. Por cada vez que te enfadas y no dejas de dar portazos. Por cada vez que pones la mesa. Por nuestro primer beso en el baño, en medio de la calle, en tu coche, en el cine, en el parque. Por cada vez que te has rendido. Por cada vez que no lo has hecho. Por tantas veces que has comido solo. Por los abrazos en la playa, mientras haces la cena, antes de un examen importante. Por cada vez que te duchas y dibujas en el espejo. Por la primera vez que me cogiste la mano. Por todas las veces que me he puesto tu ropa. Por todos los mensajes de buenas noches. Por todas las fotos que decoran las paredes de tu cuarto. Por el día en el que conocí a tus padres. Por las palomitas que siempre se te caen al suelo. Por cada una de las bromas que nos hemos gastado. Por todos los regalos y las flores. Por las peleas y las reconciliaciones. Y por cada uno de tus "te quiero". Sí, sobre todo por esos.

Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.

miércoles, 24 de abril de 2013

Escribo y no sé por qué lo hago. Hay gente que me dice que así me desahogo mejor, que fluyen más los sentimientos. Pero, muchas veces, al hacerlo creo que es como hablarle a esa persona que sé que nunca me va a escuchar, la única forma de llegar a ti. Así que escribo, de unas cosas y de otras, de mí y de mis amigos, de todo y de nada. Simplemente agarro el bolígrafo y pillo el cuaderno. Parece mentira que todo resulte tan fácil, todo lo contrario a la vida. 

La vida, mi vida, pasa aquí sentada en una habitación pequeña de un piso perdido en el centro de una ciudad cualquiera. En mis auriculares suena una y otra vez la canción que siempre me hace recordarte. Parece un ritual ya demasiado gastado, una forma de hacerme más daño: repetir la letra de una canción que desconoces y que jamás escucharás. Y es que ya son demasiadas cosas, unas detrás de otras, y parece que yo sigo ahí, pero tú no sé dónde estás.

Luego le doy mil vueltas a todo, se lo cuento a mis amigos y veo en sus miradas la pena de contarme la verdad. Pero lo noto, observo como clavan sus ojos en mí y me dicen cosas absurdas, intentando tapar lo que yo ya sé. Pero es el daño que hace ver cómo me mienten para mantenerme a flote lo que en realidad termina por hundirme. Son las falsas esperanzas, el significado que entre todos le damos a un momento que, en realidad, no significó nada, lo que me duele. 

Y el verdadero problema de todo no es que ellos me mientan, o que incluso tú lo hagas. El problema es que, aún sabiéndolo, me tapo los ojos y sigo andando. Sigo persiguiendo algo que desde el principio le pertenece a otra persona. Y yo eso ni sé, ni puedo cambiarlo. Así que me quedo aquí, preguntándome qué hacer contigo.

Y entre todas las opciones siempre aparece la de marcharme, alejarme de ti y de todo lo que te rodea, intentar que me eches un poquito de menos. Pero esa duele tanto que casi siempre termino por ceder ante la que me obliga a permanecer ahí, a aguantar lo que venga una y otra vez. 

Y entonces, con el estribillo de aquella canción, vuelvo a por ti preguntándome por qué me hago esto una y otra vez. Y caigo de nuevo y veo que a ti ni siquiera te importa. Así que lo escribo, creyéndome que es la única forma de llegar a ti.


Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.
Que mañana al amanecer se olviden nuestras noches; que solo queden las mías, vacías sin ti. Que te piense como un recuerdo, como una fantasía de otros tiempos buenos, y de otros no tan buenos. Que se me acabe el pintalabios rojo con el que tanto me gustaba besarte. Que se rompan en mil pedazos todas las huellas dactilares que de ti hay en mi cuerpo. Que se terminen mis lágrimas, y que dejen de crecerme las uñas, como si mi cuerpo se rebelara por morderlas de angustia. Que me quede calva, sin un solo pelo, para que así nadie sepa la de veces que acercaste tu nariz para oler un champú nuevo. Que mi sangre destiña las venas en mi interior, que se vistan de luto por un amor que se muere.

Podría acabarse el mundo al amanecer, podríamos dejar de existir, ser la nada más absoluta. Pero tú quiéreme. Quiéreme hoy, como si no hubiera mañana.

Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.

And you are miles away, but yesterday you were here with me.

Y cuando probé sus labios, me di cuenta que sabían a promesas hechas a otras. Promesas que jamás había cumplido. Promesas vacías, carentes de significado, privadas de sentimiento. Y en ese momento, noté como una lágrima resbalaba por mi mejilla. Recogí mi corazón y me fui a casa. Quizá debería haberlo hecho mucho antes.

Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.
Y que me convertiré en una sombra vacía, si ya lo decía Salinas. Seré una simple y mezquina cruz en algún verde campo. Alguien, seguramente muy distinto a ti, me llevará flores cuando se marchiten aquellas que días antes había dejado bajo mi poético epitafio. No quedará nada de mí que se perpetúe en el tiempo, ni una tristeza enlutada en el vacío corazón de algún desdichado que guarde mi recuerdo hasta el fin de sus días. Acabaré por convertirme en polvo y luego en cualquier otra indefinida cosa que pasará desapercibida a tus ojos. Ni siquiera te darás cuenta de que he dejado de existir. Será como si nuestros caminos no se hubieran cruzado nunca; como si tú y yo, por muchas caricias y besos que hayamos compartido, no nos acordásemos de nosotros mismos. Este amor será una efímera ondulación en el tiempo cósmico, un rayo que cruzará la Vía Láctea a la velocidad de la luz y que se estrellará contra algún desconocido planeta en algún lejano lugar del Universo. La sombra vacía que seré por aquel entonces vagará junto a su tumba. Allí, donde tu poeta favorito decía que habitaba el olvido.

Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.

Citando a Salinas...

No me mires con esos ojos que me conozco y después me pierdo. No me beses con esos labios que me tientas y no respondo. No me abraces con esos brazos que me aprietas y luego tiemblo. Y no me ames, no lo hagas. ¿Para qué, si siempre he de tener miedo? 

"Miedo. De ti. Quererte es el más alto riesgo."

Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.

martes, 19 de marzo de 2013

Dreaming, always dreaming.

Esta noche soñé contigo, y era perfecto. Mas no sabría describirte, por mucho que me interrogaran. En mi mente se solapan los cabellos rubios con los ojos azules, es un problema que siempre he tenido. Sin embargo, hay algo que sí tengo claro: la manera que tenías de sonreír. Era una mueca en la que me ensañabas todos los dientes, blancos, alineados, perfectos. Hacía que los incoloros ojos te brillasen como brillan las partículas de polvo que ahora veo flotar en la habitación. Pero no era lo que esa sonrisa infundía en ti, sino lo que provocaba en mí. Nunca, jamás, había sentido tanta paz en mi alma, era como si Dios bajase en aquel momento y me dijera: “sí, es Él, no lo dudes”. Veía en ti lo que había estado buscando durante tantísimo tiempo. Veía un letrero en el que alguien se ofrecía a curar las heridas de guerra que otros habían dejado. Veía un cariño que ni el más romántico de los hombres sentiría jamás. Era un sentimiento mágico, algo que me hacía “temblar de calor y arder de frío”. De hecho, al despertarme, tenía mil suspiros en el alma y mariposas en el estómago. Habían llegado allí a través de Morfeo, no podían haber estado en esta vida sin que yo no las hubiese encontrado antes. No, era imposible. Como siempre, tú has sido, simple y llanamente, un producto de mi mente, una mala pasada de mi intelecto. 

Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.

viernes, 8 de marzo de 2013

“Es una locura amar, a menos de que se ame con locura.”

De esa forma en la que suelen amar los valientes; los que no temen jugar con fuego; los que piden aventura nada más mirarte a los ojos. Es como cuando ves una piedra y la golpeas con la punta del pie, o como cuando sonríes con un trozo de comida en los dientes. Me recuerda incluso a cuando me despeinas de tanto intentar peinarme o, por el contrario, cuando logras vestirme después de haber hecho todo lo contrario. No sé. Parece irónico, pero es algo que no todos consiguen… Y cuando lo tienes, es como si el mundo dejase de girar hacia el mismo lado y tomase un rumbo distinto; como si la fuerza magnética se encontrara en nuestros corazones y no en el centro de la Tierra. Te sientes capaz de encender una vela debajo del mar y controlar su llama en las tempestades más incontrolables. Como si con un dedo pudieras eclipsar al mismísimo Sol. Y es que el amor es de locos. Consigue arrancar sonrisas de mil vatios y latidos de cien revoluciones por minuto. Que te muerdas las uñas y te tires de los pelos al mismo tiempo que suspiras encantada. Que rías sin saber por qué y no seas capaz de evitarlo hasta que, después de un rato, te falta el aliento y paras para recuperarlo. Que llores sin poder frenar las lágrimas que se asoman a tus grandes y enrojecidos ojos y que juegan a retarse para ver cuál de ellas llega antes a tus labios, dejándote un sabor salado en la boca. “A menos que se ame con locura”, ese es el problema. ¿Cuántos somos capaces de amar sin tener miedo a no ser correspondidos? ¿Quién de nosotros es el valiente que se atreve a dejarlo todo por amor? Hay que estar locos, cierto, pero solo la locura nos trae esa felicidad que acompaña a todo el que ama.


Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.

jueves, 28 de febrero de 2013

What is the point in playing a game you are gonna lose?

Me contaron una vez que hay personas que mienten tanto que acaban creyéndose sus propias mentiras. Entonces pensé, que si sonreía una cuantas veces al día, tal vez acabaría creyéndome mi propia felicidad. 

Mi problema fue que nunca me gustaron las matemáticas y perdí la cuenta de las veces que era capaz de sonreír. Perdí la cuenta de cuántas veces te imaginé a mi lado, creyéndome que esto era real, que todas tus caricias y todos tus besos no habían sido uno de los trucos baratos que usa mi imaginación para mantenerme entretenida. Perdí la cuenta de cuántos “te quiero” nos susurramos al oído y, de esa forma, me fui olvidando poco a poco de ellos, de nosotros. Cuando quise darme cuenta, ni los “te quiero”, ni los besos, ni las caricias, eran reales. 

Pero ahí estábamos nosotros: uno frente al otro, mirando sin conseguir vernos, hablando sin decirnos nada, oyendo el ruido sin escuchar nuestras propias voces, con nuestros corazones latiendo al mismo compás pero con una letra diferente. Ahí estábamos: tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos. No nos pertenecíamos, ni siquiera éramos el uno para el otro. 

Me di cuenta, en ese momento, de que no había contado las sonrisas, como había pensado en un principio. Sin yo misma quererlo, me había dejado arrastrar por mi mente, por tus "te quiero", tus besos y tus caricias, contado las mentiras. Mas la mentira en la que vivía parecía haberse convertido en algo tan vivo, tan único, tan satisfactorio, que cuando me golpeó de lleno la realidad, creí por un momento desfallecer.


Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.

Basically, I wish that you loved me...

Y es horrible sentir el mismo vacío por dentro, una y otra vez. Es como un círculo vicioso del que me es imposible salir, mas quisiera poder hacerlo. Y es que ya no sé si prefiero que pases a mi lado y me mires como preguntándote quién soy o si, por el contrario, prefiero que no lo hagas, que no me veas, que no me mires, sentir que nunca he existido para ti realmente, que soy esa chica invisible que se cruzará en tu camino y agachará la cabeza. Y es duro, y me duele, y quisiera cambiarlo, pero no puedo.

Sé que tienes tu vida, tus amigos, un mundo completamente distinto al mío. Pero solo quiero saber si puedo formar parte de él de algún modo, si puedo ser un trozo de cada uno de tus minutos, esa sonrisa que te ilumine la cara día a día. 

No obstante, sé cuál es la respuesta. Sé que es un no; sé que es un nunca; sé que es un jamás. Y todo el revoltijo que esa absoluta negación me deja en el alma, lleva el sabor seco del polvo amontonado alrededor de un corazón al que nunca le han dado la oportunidad de amar ni de ser amado.

¿Tan mala soy? ¿Tan horrible? ¿Tan despreciable? ¿Es que no me lo merezco? Es como si hubiese sido el ser más despreciable que haya existido, como si hubiese cometido las mayores atrocidades que se hayan visto. 

Y aunque la gente me diga que "lo bueno se hace esperar", yo no me lo creo. Para mí, lo bueno se ha hecho esperar demasiado. Estoy cansada, muy cansada. Cansada de todo.

No tengo ganas de verte todos los días. Ver esa versión tuya que no me pertenecerá nunca. Tú, feliz. Tú, sonriente. Tú, alegre. Tú, tú, tú... Viviendo tu vida, haciendo caso omiso de mi existencia. Mirando a través de mí, atravesándome como si fuese el fantasma gastado de mis ilusiones.

Y entonces giro la cara y les veo: parejas de la mano. Se quieren, se tienen el uno al otro. Yo solo quiero alguien que me abrace debajo de las sábanas; que acune mi rostro entre sus manos porque tengo las mejillas frías; que me bese en la frente por las mañanas; que me acaricie el pelo cuando está distraído; que sonría al verme cantar y bailar mientras cocino. Yo solo quiero alguien que me quiera... Nunca pensé que fuese una petición tan difícil de conceder.

Porque duele. Duele mucho estar dispuesto a darlo todo por alguien que no te aprecia. Duele saber que, cuando llegue el momento, te entregarás a la otra persona por completo, en cuerpo y alma. Duele saber que nunca recibirás lo mismo a cambio. Duele, y mucho.

"All I know is that you are the nicest thing I have ever seen 
and I wish that we could see if we could be something." 

Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.

miércoles, 27 de febrero de 2013

ELLAS

Esas dos, que parecían unas minúsculas piezas en el rompecabezas de mi vida, y míralas ahora. Y es que el destino es tan irónico...


Recuerdo la primera vez que las vi: una con aquellos pantalones naranjas, la otra con los auriculares alrededor del cuello. Empezábamos una nueva vida, rodeadas de personas entre las que queríamos "encajar", dejando muchas cosas atrás. 


No sabría explicar cómo llegamos al punto en el que estamos ahora, pero éramos nosotras, sin tener que demostrarle nada al mundo, sin tener que fingir delante de nadie. Decíamos tonterías a todas horas y cualquier excusa era buena para echarnos mil y una risas. Y es que la vida, a vuestro lado, es muchísimo más divertida. 

Tenemos tantos momentos geniales, que no podría elegir los más importantes y sentirme satisfecha con la elección. Es como siempre hemos dicho: un resumen nunca estará bien hecho, siempre le faltará algo que otra persona sí considerará importante. 

Pero será imposible olvidar la vez que intentamos que “librero hazte Twitter YA" fuese TT; cuando salimos a la calle en pijama un jueves noche después de ver Lo Imposible y llamamos a nuestras madres tras haber llorado toda el agua que un pueblo africano consumiría en un año; todas las clases de francés entre movimientos de pelo y unos cuantos “guiño-guiño”; cuando fuimos gritando a pleno pulmón por Gran Vía: “¡¡Tía, que nos vamos a Gandía Shore!!”; cuando bailamos el Gangnam Style y el Barabara Berebere por la calle; cuando nos enviamos miles de videos ridículos y enfermizos por WhatsApp, aunque más de una frase esté ya demasiado gastada (“O caso, Sara: estás loquísima!!”); cuando Icía nos regaló los peluches del McDonald’s y les llamamos Puppy y Poligonera; cuando quise crearme una familia en los Sims con Niall Horan; cada vez que vamos en el bus escuchando música a todo volumen y/o gritando; ese video en clase versionando canciones de telenovelas; el sufrimiento de espalda por cargar con un dossier al que aún no le he dado uso pero que, repito, está ahí por si me quiero cortar las venas con las tapas; las veces que pervertirmos el ordenador de Sara a base de reggaeton; cuando viajamos en un Vitrasa on fire, y eso que nadie me creía cuando dije que olía a humo; cada vez que decimos que nos vamos a dormir, y volvemos a hablar media hora después; esa vez que fuimos a una manifestación para acabar diciendo: “Creo que he visto a […]. ¡¡Ah, no!! No es…”; todas las veces que fuimos de compras y que sonó la alarma de todas las tiendas; cuando íbamos a Miralles a ritmo de cualquier canción de Nicki Minaj; los mini-infartos que hemos sufrido cada vez que veíamos una falta de ortografía; las mil quinientas treinta y dos mil cuatrocientas ochenta y siete veces que le cambiamos el nombre al grupo (y las que quedan); cuando decidimos nuestra propia formación para ir andando por la calle; la vez que intentamos hacernos amigas del perrito de la señora de la limpieza de Cuvilandia; cuando grité en la facultad: “¡¡Mira un perrito!! ¡¡OH, MI-RA-QUÉ-PE-RRI-TO!!”; todas y cada una de las veces que Icía criticó mi “ontes” y la vez que yo contraataqué diciéndole que dejaría de decirlo si ella abandonaba la gheada; el día de mi cumpleaños, cuando os quedásteis a dormir en mi casa y yo tuve que dormir en el sofá porque vosotras ocupábais mi cama; el despertar de Icía la mañana después al modo suricato; las sorpresas de cumpleaños que casi acaban en incendio; la inocentada que provocó un enfado acompañado de un mini-infarto y todos los perritos que murieron despúes (de los nuestros, claro); cuando empecé a correr detrás de unas palomas en un sitio público gritando: “¡¡KEVIIIIIIIIIIIIIIIN, KEVIIIIIIIIIIIIIIIN!!”; cuando comimos helado de chocolate en “Cani Vía” un frío día de diciembre; días como hoy que nos subimos cinco veces a un bus para satisfacer la revolución de nuestras hormonas; demostrar que aquí cada uno ve lo que le da la gana (“Torto?? Torto es ti!!); ver películas Disney y comportarnos como unas niñas de cinco años (algo que hacemos la mayor parte del tiempo); ¡¡ARDILLA!!; ir hablando tranquilamente y, de repente, escuchar: “¡¡MATT GORDON AL OTRO LADO DE LA CALLE!!”, mirar y que sea un simple cartel publicitario; escuchar cómo le suena el móvil a nuestro profesor de Introducción a la Teoría de la Traducción y la Interpretación (Conguito, Congui, Congri, Congrio...) y pensar que sería más apropiado si fuese el “Ai, si eu te pego”; decidir que rellenaremos una solicitud para que se instalen cinturones de seguridad en los Vitrasa; ver “nevar” por primera vez y que sea en la facultad mientras nos sacamos fotos como posesas al tiempo que Sara dice: “No os vais a reír tanto cuando la nieve se convierta en hielo y esto patine…”; recibir una linternita de minero para poder leer de noche (GRACIAS!!); perder un par de carpetas, buscarlas por toda la FFT y que aparezcan en la cafetería; verme obligada a hacer el bailecito de Ráfaga en un bus rumbo Ferrol porque sino Icía no era feliz aquel día; protagonizar varios escándalos públicos mientras unos cuantos individuos nos observan al final de las escaleras de la facultad; llamar para ver un par de pisos y que no nos tomen en serio; demostrarnos nuestro amor incodicional, eterno e irremplazable por WhatsApp... 

Y todo esto en seis meses, viviendo cada una en su piso. Yo no me quiero imaginar la aventura que nos espera el año que viene. Pero, chicas, estoy segura de que si estamos juntas, será la mejor de todas. 

Os quiero mucho, mucho, mucho. Mi suricato, mi ardilla, ¡¡sois las mejores!!

Y con esto y un bizcocho, hasta mañana a las ocho.

Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.