Escribo y no sé por qué lo hago. Hay gente que me dice que así me desahogo mejor, que fluyen más los sentimientos. Pero, muchas veces, al hacerlo creo que es como hablarle a esa persona que sé que nunca me va a escuchar, la única forma de llegar a ti. Así que escribo, de unas cosas y de otras, de mí y de mis amigos, de todo y de nada. Simplemente agarro el bolígrafo y pillo el cuaderno. Parece mentira que todo resulte tan fácil, todo lo contrario a la vida.
La vida, mi vida, pasa aquí sentada en una habitación pequeña de un piso perdido en el centro de una ciudad cualquiera. En mis auriculares suena una y otra vez la canción que siempre me hace recordarte. Parece un ritual ya demasiado gastado, una forma de hacerme más daño: repetir la letra de una canción que desconoces y que jamás escucharás. Y es que ya son demasiadas cosas, unas detrás de otras, y parece que yo sigo ahí, pero tú no sé dónde estás.
Luego le doy mil vueltas a todo, se lo cuento a mis amigos y veo en sus miradas la pena de contarme la verdad. Pero lo noto, observo como clavan sus ojos en mí y me dicen cosas absurdas, intentando tapar lo que yo ya sé. Pero es el daño que hace ver cómo me mienten para mantenerme a flote lo que en realidad termina por hundirme. Son las falsas esperanzas, el significado que entre todos le damos a un momento que, en realidad, no significó nada, lo que me duele.
Y el verdadero problema de todo no es que ellos me mientan, o que incluso tú lo hagas. El problema es que, aún sabiéndolo, me tapo los ojos y sigo andando. Sigo persiguiendo algo que desde el principio le pertenece a otra persona. Y yo eso ni sé, ni puedo cambiarlo. Así que me quedo aquí, preguntándome qué hacer contigo.
Y entre todas las opciones siempre aparece la de marcharme, alejarme de ti y de todo lo que te rodea, intentar que me eches un poquito de menos. Pero esa duele tanto que casi siempre termino por ceder ante la que me obliga a permanecer ahí, a aguantar lo que venga una y otra vez.
Y entonces, con el estribillo de aquella canción, vuelvo a por ti preguntándome por qué me hago esto una y otra vez. Y caigo de nuevo y veo que a ti ni siquiera te importa. Así que lo escribo, creyéndome que es la única forma de llegar a ti.
Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.
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