Amor, ¿en qué parte del globo terráqueo estás? No me importaría ir a buscarte si me dieras una pista, una sincera ayuda que robase cuantos enigmas hay en el techo. Mas no lo haces. Tú te quedas callado, a la espera de dejarte encontrar. Es un acto de holgazanería y cobardía, un hecho que constata lo imbécil que eres. Pero toda esa imbecilidad se ahoga en los sentimientos que consigues arrancar de los ojos, de la boca, de las manos. Cómo será posible que algo tan pequeño consiga hacer de mí maravillas, tener la posibilidad de infundirme un sentimiento de nobleza y valentía que jamás, en las pocas experiencias vividas, he sentido. Es porque nadie te ha conocido jamás. Y los que lo han hecho, son tan silenciosos que no lo gritan a los cuatro vientos, que no lo pintan en los puentes, que no lo escriben en los libros, que no lo encierran en una botella lanzada a la inmensidad del océano. Todos ellos se lo callan, lo susurran en la noche de los gemidos más placenteros, lo sueñan de la mano de Ofelia, lo piensan en el Mundo de las Ideas. Pero cómo me gustaría ser uno de ellos… No eres capaz de entender lo que alguien como yo daría por tenerlo un instante, abandonar toda la pantomima, la parafernalia que rige esta sociedad inmersa en su propio ego, dejar que me arrastre y me consuma como a Orfeo. Sin embargo, he oído, en lo más profundo de mi mente, como un recuerdo vago de mis otras vidas, un reflejo de lo que en algún momento, llegados a este punto, otros me habían dicho, que “lo bueno se hace esperar”. No quisiera contradecirles. Homero, Petrarca, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Kafka… ¿Quién soy yo para constatar o negar lo que otros, mucho antes que yo, mucho más inteligentes que yo, han aprobado sin rechistar? Sin embargo, sí hay algo que aún perturba mi mente y nubla mi estado de ánimo, una duda que ninguno de ellos ha tenido la gentileza de disipar. Quisiera tener el honor de viajar junto a Virgilio por los Infiernos y decirle, entre la risa enamorada de Beatriz y el corazón encogido de Dante: “¿Cuánto se hacen esperar las cosas buenas, mi querido maestro?” Mas, en el mismo momento en el que doy forma a la pregunta en mis labios, sé con antelación la respuesta: “El tiempo que sea necesario, mi querida aprendiz”.
Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.
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