viernes, 8 de marzo de 2013

“Es una locura amar, a menos de que se ame con locura.”

De esa forma en la que suelen amar los valientes; los que no temen jugar con fuego; los que piden aventura nada más mirarte a los ojos. Es como cuando ves una piedra y la golpeas con la punta del pie, o como cuando sonríes con un trozo de comida en los dientes. Me recuerda incluso a cuando me despeinas de tanto intentar peinarme o, por el contrario, cuando logras vestirme después de haber hecho todo lo contrario. No sé. Parece irónico, pero es algo que no todos consiguen… Y cuando lo tienes, es como si el mundo dejase de girar hacia el mismo lado y tomase un rumbo distinto; como si la fuerza magnética se encontrara en nuestros corazones y no en el centro de la Tierra. Te sientes capaz de encender una vela debajo del mar y controlar su llama en las tempestades más incontrolables. Como si con un dedo pudieras eclipsar al mismísimo Sol. Y es que el amor es de locos. Consigue arrancar sonrisas de mil vatios y latidos de cien revoluciones por minuto. Que te muerdas las uñas y te tires de los pelos al mismo tiempo que suspiras encantada. Que rías sin saber por qué y no seas capaz de evitarlo hasta que, después de un rato, te falta el aliento y paras para recuperarlo. Que llores sin poder frenar las lágrimas que se asoman a tus grandes y enrojecidos ojos y que juegan a retarse para ver cuál de ellas llega antes a tus labios, dejándote un sabor salado en la boca. “A menos que se ame con locura”, ese es el problema. ¿Cuántos somos capaces de amar sin tener miedo a no ser correspondidos? ¿Quién de nosotros es el valiente que se atreve a dejarlo todo por amor? Hay que estar locos, cierto, pero solo la locura nos trae esa felicidad que acompaña a todo el que ama.


Escrito con pluma de lechuza mojada en lágrimas de ave fénix.

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